EL DEPORTE LO SOLUCIONÓ SOLITO

Hace 3 años en el CPAd abrimos un área de trabajo con personas con discapacidad intelectual, considerando que a través de nuestra disciplina podríamos aportar a estas personas todo lo que la práctica deportiva, bien llevada, implica en el desarrollo a todos los niveles de cualquier persona.


Obviamente sabíamos que esta actividad también nos reportaría la satisfacción personal que se obtiene cuando aportas un poco de bienestar a personas con vidas más acostumbradas a las malas experiencias. Con lo que no contábamos es con lo que todas estas personas nos iban a aportar a nuestro desarrollo como profesionales.


Y es que más allá de las distintas capacidades que presentan, los mecanismos de personalidad o de las diferentes habilidades psicológicas son los mismos que en el total de la población, pero se pueden observar de manera mucho más directa, con menos filtros. Es decir, el chico que tiene problemas de atención, los tiene notablemente, por lo que cuando planteamos un ejercicio para mejorar la atención que funciona con él, sabemos que estamos ante una herramienta muy efectiva para trabajar esta variable con nuestros deportistas.


Y esa magnificación también se lleva a la pasión por el deporte. Indudablemente ya sabíamos que la actividad física y el deporte tienen un valor importantísimo en muchos aspectos del desarrollo (salud, autoimagen, sociabilidad, etc.), pero estamos descubriendo que, además, es una herramienta tremendamente eficaz para superar graves trastornos personales.


Desde que creamos equipos de fútbol y baloncesto para que participaran en las ligas FEMADDI, hemos presenciado ya dos casos de superación personal:


El primero, un chico con enanismo al que le daba muchísima vergüenza jugar con nuestro equipo de baloncesto, por lo que el primer partido lo vio enteramente desde el banquillo por decisión propia ya que no se veía capaz de jugar. Pero las ganas de competir y de hacer deporte le hizo olvidarse de complejos y saltar a la pista. Solo había que verle al terminar el partido para saber que había dado un paso muy importante para superarse y saber aceptarse a sí mismo con sus diferencias.


El segundo caso se nos presentaba como uno de los casos más complicados al que podríamos enfrentarnos, y en el que mientras en el CPAd le dábamos todas las vueltas posibles, el deporte lo solucionó solito. Y es que a uno de los entrenamientos de baloncesto, llegó un chico con muchas ganas de jugar, pero con el inconveniente de que iba en vaqueros. El chico sufría un TOC*, que consistía en que solo vestía vaqueros, además de siempre tener que llevar calcetines blancos y camiseta interior blanca (incluso en verano), y era incapaz de soportar el ponerse un pantalón de chándal.


Al acabar el primer entrenamiento el chico estaba encantado y con ganas de volver, por lo que teníamos que buscar una solución, puesto que era inviable que jugara en vaqueros. Nos pusimos a pensar soluciones: telas cómodas que no parecieran de chándal, empezar un trabajo intensivo con él para intentar superar un problema tan importante como el TOC… Y mientras seguíamos pensando soluciones, llegó el siguiente entrenamiento, y llegó él, en chándal. No hizo falta engañarle, ni convencerle, ni ayudarle a superar nada, solo le dijeron que a baloncesto tenía que ir en chándal, y se lo puso. Las ganas de jugar al baloncesto superaron a un trastorno tremendamente limitante.


Este caso nos puede dar pistas de cómo se puede superar este tipo de trastorno en otros casos, y es que si hay una motivación tremenda por algo, puede hacer dejar atrás ciertos trastornos que pueden llegar a ser tremendamente limitantes.


Otra lección más que nos han transmitido estos chicos para hacernos mejores profesionales de nuestra disciplina.




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